viernes, 18 de enero de 2008

Sobre el morisco Ricote






EL MORISCO RICOTE Y OTRAS CUESTIONES
EN TORNO AL QUIJOTE

a) Introducción

Es algo muy evidente que este año 2005 tiene dos nombres propios: Cervantes y el Quijote. A no ser que nos retiremos a una isla desierta, nos va a ser muy difícil que pase un solo día sin que entren por nuestra vista o nuestros oídos esos dos nombres.

La conmemoración del cuarto centenario de la impresión de la primera parte de la obra cervantina en Madrid en la imprenta de Juan de la Cuesta está dando lugar a todo tipo de eventos y ojalá que sea para bien, ojalá que tanto despliegue quijotesco sirva para que se lea más el Quijote y no produzca el efecto contrario al que se pretende.

Es un hecho innegable que en el Quijote nos encontramos con la novela más universal, con la obra literaria por excelencia, la novela de las novelas; pero no es menos cierto que su lectura completa exige un adiestramiento en la lectura que, por desgracia no todo el mundo posee. Su larga extensión, su lenguaje a veces incomprensible para el lector actual, su compleja técnica narrativa, sus interrupciones de la trama principal para introducir episodios al margen de la misma, son factores que no ayudan precisamente a tomar esa decisión que el lector, especialmente español, debería tomar en un momento de su vida. Un momento que no conviene retrasar mucho ni tampoco adelantar demasiado. Debe producirse tras la adquisición de un hábito de lectura que se ha ido consiguiendo con obras cortas, de escasa dificultad, para ir poco a poco consiguiendo metas más ambiciosas. Y entre estas, sin duda, el Quijote y, al menos para mí, La Regenta, deben estar en la cumbre de ese apasionante proceso de ir descubriendo lo mejor de nuestra literatura.

b) El Quijote y los libros de caballerías

Pero, centrándonos ya en la obra cervantina, lo primero que hay que destacar es que es una obra literaria contra la literatura, o mejor, contra un tipo de literatura. Ya desde el primer capítulo el narrador nos describe los efectos perniciosos que ha tenido en el protagonista la lectura de los libros de caballerías:
“Es pues de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso – que eran los más del año – se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda”

Es decir, el Quijote hizo de estas novelas el centro de su vida y por ella abandonó su ocio (la caza) y su negocio (su hacienda). La obra nace, pues, con la intención de ridiculizar, de acabar con un tipo de libros que, según Cervantes, influían muy negativamente en las gentes de su época. Por ello, se hace necesario, antes de tratar cualquier aspecto sobre la obra, conocer lo que eran estos libros y Martín de Riquer los define así:
Los libros de caballerías son unas narraciones en prosa, de gran extensión, que relatan las aventuras de un caballero andante, quien vaga por el mundo luchando contra toda suerte de personas o monstruos, contra seres normales o mágicos, por unas tierras exóticas o fabulosas o que al mando de poderosos ejércitos y escuadras derrota y vence a innumerables fuerzas de paganos o de naciones extrañas. El Caballero andante de los libros es un ser de una fuerza considerable, muchas veces portentosa e inverosímil, habilísimo en el manejo de las armas, incansable en la lucha y siempre dispuesto a acometer las empresas más peligrosas. . El constante luchar del caballero supone una serie ininterrumpida de sacrificios, trabajos y esfuerzos que son ofrecidos a una dama, con la finalidad de conseguir, conservar o acrecentar su amor.

Este tipo de literatura nace en Francia y a partir del siglo XIII comienza a divulgarse por España donde alcanzará un gran éxito que lo hará perdurar hasta finales del siglo XVI. En el siglo XIV ya se lee con entusiasmo la versión castellana primitiva del Amadís de Gaula y en el siglo siguiente aparece el texto catalán de Tirante el Blanco. Estos dos libros son las mejores novelas caballerescas que se han escrito en España. Los lectores de estos libros eran de las más diversas condiciones, desde los segadores hasta el Emperador Carlos V, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola o Lope de Vega.

Sobre la posible fuente de inspiración para la creación del personaje de Don Quijote, hay quien piensa que pudo ser un personaje literario llamado Bartolo, que aparece en una obra llamada “Entremés de los romances” y que se vuelve loco por leer muchos romances.
Frente a estos, hay opiniones que dicen que pudo haberse inspirado en un personaje real, pues en su época hay noticia de personas reales a quienes los libros de caballerías llevaron a la locura:
- un personaje que se sabía de memoria el Palmerín de Oliva y siempre lo llevaba con él.
- una familia llorando porque se había muerto Amadís.
- un hombre leyendo la muerte de Amadís quedó mucho tiempo inconsciente
César Vidal dice que en Esquivias consta documentalmente la existencia de personajes de nombres y apellidos similares a los que aparecen en el Quijote. El modelo de Don Quijote pudo ser Alonso Quijada de Salazar, antepasado de su mujer, que fue muy aficionado a los libros de caballerías y acabó siendo fraile.

Sea como fuere, la realidad es que estos libros estaban produciendo efectos perniciosos en las gentes de su época y, ante esta situación, Cervantes quiere luchar pero no con la espada como en Lepanto contra los turcos, sino con la pluma, una pluma que ya había dado antes del Quijote frutos de gran valor.

Son casi infinitos los aspectos de la novela en los que podemos profundizar y de hecho, la obra ha dado lugar a miles de artículos, conferencias, libros, tesinas, tesis doctorales...; todo ello sin contar la ingente obra pictórica, musical y cinematográfica que se inspira en la inmortal obra del autor de Alcalá de Henares.



c) Los moriscos y su expulsión

Pero en este artículo nos vamos a centrar en uno de los 200 personajes que aparecen en la obra (unos 150 hombres y unas 50 mujeres). Y vamos a profundizar en uno de estos personajes no tanto por su significación en la obra, sino por su nombre: Ricote. Y es que debe ser un orgullo para todos los que vivimos en esta zona el que el nombre de uno de sus pueblos, el que da nombre al Valle, aparezca como antropónimo en la novela más universal.

Vamos a dar respuesta al por qué llama precisamente Cervantes así a uno de los personajes más entrañables y de mayor profundidad de la obra. Y para ello hay que entrar, aunque sea de manera superficial, en el ámbito de la historia, que es el decorado imprescindible de toda actividad humana. Y es que Ricote no es un personaje “normal” como Sancho o los duques, o Antonio Moreno, o el cura o el barbero; Ricote es un morisco. Y de esa condición viene su engarce en la obra.

Primero habría que recordar que los moriscos eran los musulmanes convertidos al cristianismo tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos.

A partir de 1492, todos los musulmanes que permaneciesen en España eran ya considerados como pueblo sometido. Se firmaron, tras la derrota musulmana, unas capitulaciones muy generosas para con ellos.. Libertad religiosa, libertad personal, conservación de bienes, propiedades, armas y derecho tradicional, que muy pronto serían recortadas. Los reyes pretendían la emigración de los notables e impedir la del pueblo para evitar la decadencia económica. Pero los intentos apaciguadores y de respeto a las tradiciones musulmanas del obispo Hernando de Talavera chocaron con los cristianos más intransigentes, que se escandalizaban de que se oyera todavía la voz del muecín llamando al rezo.

La política intransigente del cardenal Cisneros abrió una brecha entre ambas comunidades que ya no cerraría en años sucesivos. Las conversiones masivas de 1499 y la quema de los libros escritos en lengua árabe originaron la primera rebelión del Albaicín.

La sumisión de los rebeldes fue seguida de una Pragmática ordenando la conversión de los moriscos granadinos en 1501, y en 1502 se daba a elegir a los musulmanes del reino de Castilla entre el bautismo y el exilio; muchos de estos fingieron aceptar el cristianismo para no abandonar las tierras que trabajaban y en las que vivían desde hacía siglos. El profesor Vernet explica que el Corán dice que "el que reniega de Dios, después de haber creído, no el que sufre una presión y cuyo corazón queda fiel en su fe, sino aquel que en plena conciencia abre su corazón a la incredulidad: la cólera de Dios está sobre él y un castigo terrible le esperará".



En 1516 Cisneros dicta una Pragmática obligando a los moros a abandonar su traje y sus usos, aunque queda en suspenso. Van pasando los años y el problema, lejos de solucionarse, se va enquistando.

Desde 1525 cesa oficialmente de existir la religión islámica en España y se les prohíbe vender oro, plata, joyas, ganado o cualquier mercancía. Tenían que llevar una media luna de paño azul y no podían trabajar los festivos cristianos. Los moriscos granadinos fueron obligados a pagar la "farda", impuesto con el que se sufragó la construcción del palacio de Carlos I y la guarda de costas.

En 1576 Felipe II concede un plazo de tres años para que los moriscos aprendiesen a hablar la lengua castellana, prohibiendo escribir o leer la lengua arábiga y la celebración de ritos, bodas o fiestas según el uso de moros, así como el uso de nombres arábigos y los baños. A la publicación de esta nueva Pragmática los moriscos intentan conseguir una nueva suspensión. El caballero morisco Francisco Núñez Muley alega una serie de argumentos para conseguir esa suspensión. Y así sobre su modo de vestir, afirma:
“Nuestro hábito cuanto a las mujeres no es de moros, es traje de provincia como en Castilla y en otras partes se usa diferenciarse las gentes en tocados, en sayas y en calzados. Si la secta de Mahoma tuviera traje propio, en todas partes había de ser uno, pero el hábito no hace al monje. Vemos venir a los cristianos, clérigos y legos de Suria y de Egipto vestidos a la turquesca;... hablan arábigo y turquesco y no saben latín ni romance y con todo eso son cristianos”.
En relación con la prohibición de usar la lengua arábiga, expone:
“Pues vamos a la lengua arábiga, que es el mayor inconveniente de todos. ¿Cómo se ha de quitar a las gentes su lengua natural, con que nacieron y se criaron? Los egipcios, surianos, malteses y otras gentes cristianas, en arábigo hablan, leen y escriben, y son cristianos como nosotros.
Aprender la lengua castellana todos lo deseamos, mas no es en manos de gentes... dificultoso será y casi imposible que los viejos la aprendan en lo que les queda de vida, cuanto más en breve tiempo como son tres años, aunque no hiciesen otra cosa sino ir y venir a la escuela. Claro está ser este un artículo inventado para nuestra destrucción”.

Todas estas medidas vienen a colmar, pues, el vaso de su paciencia y entre la Navidad de1568 y el otoño de 1570 el antiguo reino de Granada va a soportar una de las más cruentas guerras intestinas, la llamada “rebelión de las Alpujarras”, en la que moros y cristianos rivalizarán en matanzas y crueldades. A partir de esta fecha comenzarán las deportaciones de moriscos granadinos a otras tierras de la Península.

La realidad es que, ya en tiempos de Felipe III, los partidarios de su asimilación pierden la batalla, que es ganada por aquellos que defienden extirpar el mal de raíz, es decir, expulsarlos de España. Y el Consejo de Estado aprueba esta medida en Valladolid el 4 de abril de 1609, firmando el rey la orden el 4 de agosto. Los diferentes bandos de expulsión se publicaron en las siguientes fechas: el 12 de septiembre de 1609 el que afectaba a los moriscos del reino de Valencia; el 12 de enero de 1610 el referente a los de Andalucía y Murcia; el 29 de mayo, los de Aragón y Cataluña, y finalmente, el 10 de junio de 1610 el que implicaba a los de las dos Castillas, Extremadura y La Mancha (de donde era el personaje cervantino).

d) La expulsión de los moriscos en el Valle de Ricote
Esa es, a grandes rasgos, la realidad histórica de la expulsión de los moriscos en España. Pero no nos dice nada del porqué del nombre del personaje de la obra cervantina, si no aclaramos que, debido a su antigüedad y fama de buenos cristianos, la expulsión de los moriscos del Valle de Ricote (Abarán, Blanca, Ricote, Ulea, Ojós y Villanueva) se fue dilatando en el tiempo, hasta que, finalmente se llevó a cabo ya en 1614, siendo los últimos en salir de la Península. Es por ello por lo que el nombre de Ricote va unido al dolor por el desarraigo de un pueblo que es sacado de una tierra en la que se encontraban y en que prácticamente eran los únicos habitantes. Así, según el informe de fray Juan de Pereda, en 1612, la población en el Valle estaría así distribuida:
Población Moriscos Cristianos viejos
Abarán 574 5
Blanca 672 3
Ojós 269 3
Ricote 374 4
Ulea 244 1
Villanueva 372 65


A este factor estadístico, habría que unir los informes de los testigos que se envían para que analicen la forma de vida y de culto de estas gentes y, en su mayoría, hablan de la asimilación sincera a la fe católica de los moriscos. José David Molina Templado recoge varios ejemplos de testimonios en este sentido;
entre ellos, el más autorizado, según Francisco Chacón por la cantidad de opiniones que tuvo en cuenta es el del antedicho Fray Juan de Pereda, y que, entre otras cosas, rebate la opinión negativa que tenía de estas gentes un letrado, el licenciado Munguía y la atribuye a que es enemigo suyo además de “hombre de mala conciencia y delatado en juicio por graves delitos”. Frente a esa opinión, Pereda afirma que “el cura dice mucho bien y un médico y un religioso que estaban en el lugar, y todos que se han aventajado en las demostraciones presentes, examiné quince testigos y todos dicen muy bien en todo lo general. Hay 120 memorias perpetuas y una de San Cosme y San Damián en una ermita que se frecuenta con gran devoción y hay jubileo.... ha habido de aquí dos clérigos y son diez o doce los casamientos con cristianos viejos”

Otra declaración es la de Francisco Pérez de Tudela, abogado y regidor, tomado por Don Alonso de Sandoval, que dice, entre otras cosas:
“después que vino de estudiar leyes fue a la dicha villa de Abarán donde estuvo poco menos de dos años recogido pasando los libros de su facultad y muy en particular fue notando las costumbres de los vecinos del dicho valle de Ricote y entendió y siempre ha entendido que los vecinos de dicho Valle (...) con atención oían misa y sermón y tomaban bulas de la Santa Cruzada y entre ellos conoció a sacerdotes de la misma nación (....) y tienen fundados muchos aniversarios y memorias de misas y tienen Cofradías (...) y han llevado siempre armas y acudido a los arrebatos que se han ofrecido a la costa de Cartagena contra los moros piratas (...) y se precian tanto de cristianos viejos que si alguno les acierta a llamar a alguno de ellos moro o morisco se ofenden”

De todas maneras, a pesar de estos informes favorables en cuanto a su integración, Francisco Chacón habla del Valle como “bolsa musulmana” ocupando el primer grado entre los tres en que se divide el Reino de Murcia, pues sería el de menor integración (hecho que iría unido a la mayor densidad poblacional); entre estos pueblos Blanca sería el más islamizado. En un auto de fe que se celebra en Murcia el 15 de marzo de 1562, de los quince condenados por prácticas relativas a la secta de Mahoma, 13 son de Blanca, entre ellos su alcalde, uno de Abarán y otro de Fortuna. Junto a ese grupo de menor integración, habría uno segundo de nivel medio de asimilación compuesto por Socobos, Archena, Albudeite, Alguazas, Pliego, Alcantarilla y Molina; quedando como los de mayor integración Cieza, Hellín y Murcia.

Sea como fuere, será muy difícil llegar a una conclusión universalmente aceptada sobre la mayor o menor sinceridad de los sentimientos y las creencias de estas gentes, porque ningún documento puede plasmar lo que late en el alma de cualquier persona. Podemos discutir sobre sus vestimentas, lengua, costumbres, ritos, pero nunca llegaremos a conocer si en el fondo de su corazón tenían al Alá de sus antepasados o a nuestro Dios.

De lo que no cabe duda es del dolor que supuso para los habitantes de este Valle su salida forzada del mismo, pues, a pesar de las opiniones positivas, al conde de Salazar no le convencieron los gestos piadosos y la política de expulsión general triunfó, siendo los del Valle los últimos en salir de España. Ello justificaría más que de sobra que Cervantes llamara Ricote a ese morisco que aparece en el capítulo 54 de la segunda parte. Además, César Vidal, dice que existieron en el siglo XVI Ricotes en la villa de Esquivias, patria de la mujer de Cervantes. Según él, hacia 1570 o 1571 llegaron a esa localidad manchega los moriscos procedentes del reino de Granada. Se trataba de doce familias, de las que la más rica era la de los Ricote, formada por Diego Ricote el Viejo, su mujer y su hijo, Diego Ricote el Mozo; y Bernardino Ricote con su esposa, Isabel Mejía. Vivieron tranquilos hasta la expulsión en 1610; a partir de esa fecha, no aparece en las listas parroquiales ningún confirmado morisco ni ningún hijo bautizado. La expulsión se había ejecutado a rajatabla.


e) Los moriscos en Cervantes

1) En El Coloquio de los perros y en el Persiles

El tema de los moriscos era, sin duda, uno de los que más preocupaban a Cervantes y es de los pocos problemas de su tiempo que deja traslucir en su extensa producción.

En una de las más conocidas novelas ejemplares, El Licenciado Vidriera, aparece una morisca como la causante de la locura de este personaje al aconsejar a una dama que se había enamorado locamente del protagonista el introducir en un membrillo una sustancia que tendría como efecto el que le correspondiese en su enamoramiento, aunque lo que consigue es que Tomás Rodaja, que así era su nombre original, comience a creerse de vidrio. Esta referencia al pueblo morisco no es, por lo tanto demasiado positiva.

Pero donde más se explaya Cervantes con los moriscos es en El Coloquio de los Perros, novela ejemplar que tiene como base de su argumento el hecho de que dos perros, Cipión y Berganza, consiguen durante un día la gracia de poder hablar, como los humanos, y van relatando sus experiencias con los diferentes amos que han tenido.

En primer lugar, habría que precisar la fecha en la que Cervantes compone estas Novelas ejemplares y sobre lo que no hay un total acuerdo. Lo único seguro es que se publicaron en 1613, es decir, ocho años después de la primera parte del Quijote; pero, según algunos críticos fueron compuestas antes de la magna obra; en concreto, El coloquio de los perros sería escrita entre 1604 y 1606 durante la estancia de Cervantes en Valladolid, es decir, antes del primer bando de expulsión de los moriscos dictado por Felipe III.

Centrándonos en la intervención del perro Berganza, después de irle relatando a Cipión cómo le había ido con varios amos, se refiere a un morisco al que había servido, y al que llega precisamente después de estar con unos gitanos. Cervantes se vale de Berganza para hablar, por tanto, de dos minorías cuyas formas de vida, creencias, costumbres, ritos,.. eran puestos en tela de juicio por los cristianos viejos, por la mayoría “bienpensante”.

El problema que se plantea es hasta qué punto los personajes literarios reflejan la opinión del autor, hasta qué punto estamos autorizados los lectores y los críticos a sacar consecuencias “científicas” sobre lo que no es más que ficción. Es por ello por lo que las conclusiones sobre el pensamiento de Cervantes en el tema de los moriscos, como en otros muchos, son muy diversas y habría que traer al mismo Cervantes para que nos dijera lo que en su interior pensaba y sentía de verdad ante esta realidad tan controvertida en su época. Por ello, todas las hipótesis no son más que eso, posibilidades de las que nunca tendremos la verdad definitiva.

Volviendo a la obra, la verdad es que Berganza (pues nunca sabremos si Cervantes lo creía así o no) achaca a los gitanos muchas de las acusaciones que hace después de los moriscos, aunque en su caso, no apela a la necesidad de que sean expulsados de España como sí hace con éstos. Dice, por ejemplo de los gitanos que hacen muchas malicias y embustes y que se ejercitan en robar “desde el tiempo casi en que salen de las mantillas y saben andar”. Añade que andan ociosos, es decir, que trabajan poco, que se curten y soportan las inclemencias del tiempo, que se casan entre ellos, y que no entran en las iglesias. Concluye diciendo que son “mala gente y aunque muchos y muy prudentes jueces han salido contra ellos, no por eso se enmiendan”.

Berganza deja esta tribu de gitanos y, al salir de Granada, se encuentra con un morisco que, según él, lo acogió con “buena voluntad”. Pero, inmediatamente, comienza a despotricar no sólo contra él, sino contra toda su raza. Pues Berganza juzga en su amo a “todos cuantos moriscos viven en España”, lo cual es un gran atrevimiento, además de que esos juicios taxativos los hace estando con él poco más de un mes. ¿Hasta qué punto se pueden considerar, pues válidos los juicios de Berganza sobre toda una raza cuando sólo ha conocido a uno de ellos y poco tiempo? ¿Nos querrá dar a entender el autor que esas opiniones tan negativas sobre esta gente morisca son fruto de un conocimiento breve y superficial, que es el que realmente tiene Berganza?

Sea como fuere, la realidad es que el perro se explaya en condenar las conductas de los moriscos, a los que llega a llamar “morisca canalla” y dice que necesitaría más de dos meses para contar todo lo que sabe de ellos. Lo primero que les achaca es que no creen derechamente la sagrada ley cristiana, es decir, la acusación que sirve de base a todas las demás: su falta de sinceridad a la hora de profesar el cristianismo.

Junto a esta acusación, hay algo en lo que incide el perro, algo que es, en principio, positivo, pero que él lo transforma en negativo: su laboriosidad, su capacidad de trabajo. Junto a ello, su afán por ahorrar, su vida austera y su capacidad de reproducirse que, según él, es fruto de esa vida, porque “el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación”, afirmación que debería ser estudiada por los sexólogos. Es decir, Berganza transforma en graves defectos lo que vistos desde otra perspectiva (y el perspectivismo en Cervantes es fundamental) son valores positivos, es decir, que una misma forma de vida puede ser vista como laboriosidad o cicatería, austeridad o avaricia, fecundidad o lujuria.

Pero, junto a esos defectos-valores, habla de que sólo piensan en ellos y que han amontonado la mayor cantidad de dinero que hay en España, además de que no guardan castidad ninguna ni entran en religión y de que “no gastan con sus hijos en los estudios porque su ciencia no es otra que la de robarnos y esta fácilmente la aprenden”. Esa vida sin lujos, sin gastar en nada, era una idea que se repetía en todos los argumentos contra los moriscos. Así el obispo de Segorbe, Don Martín de Salvatierra afirma en 1587 que los moriscos se han enriquecido “porque lo van recogiendo todo y no lo gastan pues no comen ni beben ni visten ni calzan” . En este sentido no eran gentes cínicas que usaban con los demás la miseria que con ellos no tenían (como alguno de los amos del Lazarillo), sino que se comportaban con los demás como lo hacían con ellos mismos. Así Berganza se queja de la comida que le daba su amo (pan de mijo y algunas sobras de sabinas) pero dice que este era el común sustento de su dueño.

Después de escuchar de Berganza toda esa sarta de acusaciones contra los moriscos, su compañero Cipión muestra su esperanza en que se encuentre solución a este mal que afecta a España, pues reconoce que hasta ahora no se ha dado con el remedio que conviene, pero es optimista de cara al futuro porque “celadores prudentísimos tiene nuestra república que considerando que España cría y tiene en su seno tantas víboras como moriscos, ayudados de Dios, hallarán a tanto daño cierta, presta y segura salida.


Casi diez años después de esta novela ejemplar, y un año después de su muerte, es decir, en 1617, se publica su última obra, una novela bizantina, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, obra por supuesto ya compuesta después de la orden de expulsión de los moriscos.

En esta extensísima obra, en el capítulo once de su libro tercero, aparecen unas pinceladas sobre este tema morisco, prácticamente en el mismo tono que en la novela ejemplar anterior.

Un grupo de peregrinos llega a un lugar de moriscos en el reino de Valencia y todos se vuelcan en recibirlos y atenderlos en sus casas hasta el punto de que uno de los peregrinos, Antonio, exclama:
- Yo no sé quien dice mal de esta gente, que todos me parecen unos santos.

Entre los que más destacan por sus atenciones, está un anciano morisco que los lleva a su casa “casi por fuerza, asiéndolos por las esclavinas y dio muestras de agasajarlos no morisca sino cristianamente”. Pero, tras estas escenas realmente laudatorias para la gente morisca, aparece Rafala, una hija de este anciano, vestida en traje morisco y “tan hermosa que las más gallardas cristianas tuvieran a ventura el parecerla”. Esta es la que descubre la verdadera realidad de esta gente aparentemente de costumbres tan cristianas y, llegando a avergonzarse de ser hija de ese anciano, les previene contra él porque pretende ser no su protector sino su verdugo, pues hay indicios de que por la noche vendrán unos barcos con corsarios berberiscos para llevarse todo lo que encuentren. Por ello aconseja a los peregrinos que se refugien en la iglesia, donde están los únicos cristianos viejos, el cura y el escribano y con ellos, su tío, el jadraque Jarife , a la que ella define como “moro sólo en el nombre, y en las obras cristiano”.

Las palabras de este hombre son la principal base para estudiar la postura de Cervantes sobre los moriscos en esta obra. A diferencia de El Coloquio de los perros, donde alguien, en este caso un perro, habla de los moriscos desde fuera; ahora será un morisco quien hable de los de su raza. En principio, puede parecer más creíble todo lo que diga que lo que afirme un espectador pasivo como es Berganza.

Y Jarife viene, como Berganza lo hizo antes, a despotricar sobre los suyos, de los que se avergüenza, diciendo, entre otras cosas:
- Ay, si han de ver mis ojos, antes que se cierren, libre esta tierra destas espinas y malezas que lo oprimen y cuándo llegará el tiempo que tiene profetizado un abuelo mío donde se verá España de todas partes entera y maciza en la religión cristiana (...). Morisco soy, señores, y ojalá que negarlo pudiera, pero no por esto dejo de ser cristiano.

Después de esta tremenda confesión en la que manifiesta su conflicto interior, además de la reprobación total de los de su raza, insta al rey a que ponga en marcha el decreto del destierro. Tras esta llamada hace referencia a los dos argumentos más frecuentes que se exponían en contra de esta expulsión, uno de carácter económico y otro religioso. El económico se refería al problema que ocasionaría su marcha para el cultivo de los campos pues no habría mano de obra suficiente ya que los cristianos viejos eran muy pocos en muchas zonas; y la de tipo religioso hacía referencia al hecho de que estos moriscos que se pretendía expulsar en defensa de la fe católica, eran bautizados en esta misma fe, lo cual planteaba un problema teológico. A pesar de estos inconvenientes, Jadraque es optimista y dice que vendrán a esa tierra que se queda despoblada “nuevos cristianos viejos” que la volverán a fertilizar.

Se hace realidad el pronóstico de Rafala. Llega la noche y se produce la llegada de los berberiscos por el mar. El cura pone el templo en pie de guerra y todos se hacen fuertes en la torre con el Santísimo Sacramento. Los moriscos incendian el pueblo antes de embarcar con grandes muestras de alegría. Los de la torre se defienden valientemente. El fuego no prendió en la iglesia “no por milagro sino porque las puertas eran de hierro”. Con la luz del día, los cristianos ven acercarse a la bella Rafala que viene alegre por haber escapado de los suyos y trae una cruz de cañas en la mano y grita a grandes voces:
- ¡Cristiana, cristiana y libre, y libre por la gracia y la misericordia de Dios.

Al final de esta aventura, Jadraque vuelve a invocar al rey Felipe III y a su consejero, el duque de Lerma, para que hagan realidad la expulsión y dejen España como una “taza resplandeciente como el sol y hermosa como el cielo”.

Esta llamada a echar de España a estas gentes moriscas ya la veíamos también en boca del perro Cipión, pero no hay que olvidar que aquella obra es anterior al bando de expulsión, pero el Persiles es posterior, por lo cual en esta actuaría no como apelación o invitación a actuar, sino más bien como justificación de una medida ya puesta en práctica con anterioridad.

Tras un breve repaso a estas dos obras, el sabor que nos queda es de rechazo a los moriscos, a los que se califica, entre otras cosas, como víboras en una obra y serpiente en otra. Es verdad que son mal vistos y así lo reflejan el perro Berganza y el propio morisco Jadraque, pero ¿merecen todos el mismo trato? ¿qué hacer con las Rafala o los Jadraque?

2)El morisco Ricote en el Quijote

A pesar de la aparición de moriscos en otras obras, es en el Quijote donde aparece ya uno como personaje de cierto calado literario y humano. Ricote es un personaje muy bien dibujado, individualizado, y del que sabemos no sólo sus andanzas y aventuras, sino su mundo interior, sus sentimientos, sus opiniones, sus afectos y desafectos. Es por ello por lo que quizás sea él quien nos dé las mejores claves para poder sacar conclusiones sobre la verdadera opinión de Cervantes sobre el controvertido tema morisco.

Pero en la obra aparece otro morisco anónimo, sí, pero de gran importancia para el conocimiento de las aventuras de Don Quijote. En el capítulo noveno de la primera parte, cuando el narrador ya no tiene datos para continuar y deja la pelea de Don Quijote y el vizcaino en suspenso, sin poder descubrirnos el desenlace, se encuentra con la continuación de la historia en unos papeles escritos en árabe en un mercado de Toledo. Es la historia cuyo autor es Cide Hamete Benengeli, ese historiador arábigo que Cervantes inventa para complicar aún más la ya de por sí compleja novela. Pero, como esos textos estaban en árabe, el narrador tiene que buscar un traductor, y encuentra un morisco. Este hombre anónimo aparece bien dibujado por el autor, pues, en primer lugar, no era nada avaricioso, pues, ofreciéndole la paga que quisiese, él se conformó con dos fanegas de pasas (algo que según cuentan gustaba mucho a esta gente) y dos fanegas de trigo. E incluso, el narrador, para que hiciera mejor su trabajo, se lo lleva a su casa viviendo allí con él poco más de mes y medio hasta que la tradujo toda la obra, señal de que se fiaba de él. Es decir, son gestos que no dejan precisamente en mal lugar a este traductor morisco.

Pero, será ya en la aventura del morisco Ricote donde Cervantes se explaye en este tema. Ante todo, hay que dejar constancia de que en esta aventura Don Quijote no interviene en absoluto, sino que es Sancho el que lleva el peso de la acción. La aparición de Ricote en la obra se produce cuando Sancho, desengañado del poder, ha dejado el gobierno de la ínsula Barataria. Muy cerca de esta ínsula, Sancho se encuentra con “seis peregrinos, de estos estranjeros que piden la limosna cantando (...) y como él, según dice Cide Hamete, era caritativo además, sacó de sus alforjas medio pan y medio queso de que venía proveido, y dioselo, diciéndoles por señas que no tenía otra cosa que darles”. Entre ellos, uno le echó a Sancho los brazos por la cintura y se le dio a conocer como su vecino el morisco Ricote, tendero en su pueblo.

En este primer contacto hay algunos detalles para tener en cuenta y que forman parte de ese juego de luces y sombras con el que Cervantes trata esta delicada cuestión morisca. En primer lugar, si aplicamos ese refrán de “dime con quien andas....”, Ricote viene muy mal acompañado, pues llega con un grupo de peregrinos o mejor seudoperegrinos extranjeros, porque eran realmente unos engañadores, porque, bajo el disfraz de peregrinos, se dedicaban a recoger todo lo que podían en dinero y en especies para llevárselo a su país, es decir, sacian su codicia con el importe de las limosnas que los españoles dan generosamente y que serían mucho más útiles si las recibieran los verdaderos pobres. De estos profesionales de la limosna, llega a decir Pérez de Herrera en su obra Amparo de pobres, que “prometen en Francia a sus hijos en dote, lo que juntaren en un viaje a Santiago de ida y vuelta”. Es decir, venían a España a amasar dinero a costa de la caridad de los españoles. Más adelante dice Ricote que estos peregrinos tienen a España por sus Indias porque sacan de aquí “conocida ganancia”, pues “al cabo de su viaje salen con más de cien escudos de sobra que con la industria que ellos pueden, los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de los puestos y puertos donde se registran”. Pero, junto a este dato negativo de la compañía en la que viene el morisco, un detalle positivo que nos puede pasar desapercibido. Y es la dificultad que tiene Sancho para reconocer a Ricote, habiendo sido su vecino tantos años. Sólo después de reiterarle que era él, de ser abrazado y de mirarlo con mucha atención “le vino a conocer de todo punto”. Esto quiere decir que, entre estos moriscos y los alemanes con los que venía no había ninguna diferencia física o étnica, es decir, eran en aspecto unos europeos o españoles más.

Sancho se sorprende por el atrevimiento que ha tenido de volver a España “donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura”. Y, tras este primer contacto tan inesperado para los dos, los dos se retiran del resto y Ricote se dispone a contar lo que le ha sucedido desde que tuvo que salir de su pueblo “por obedecer el bando de su Majestad que con tanto rigor a los desdichados de mi nación amenazaba”.

La realidad es que el morisco Ricote aparece como un personaje cargado de humanidad, con algunos detalles que inciden en su sinceridad, como el que trajeran en las alforjas “huesos mondos de jamón” y seis botas de vino. Es decir que no respeta en absoluto esa prohibición musulmana de comer carne de cerdo y de beber vino, e incluso, en este último punto, el narrador recalca que su bota era más grande que las del resto de sus compañeros. Además, en el largo diálogo con Sancho, se expresa “sin tropezar nada en su lengua morisca, en la pura castellana”. Por tanto, ni en la lengua ni en las costumbres conservaba nada de los de su raza.

En su larga intervención, Ricote le cuenta sus desgraciados avatares desde que tuvo que salir de España por ese bando del Rey contra los de su condición que “puso terror y espanto en todos nosotros”. Es una historia apasionante: Ricote sale solo dejando a su mujer y a su hija en su tierra, pero nunca pierde su arraigo, pues además son muy mal recibidos en Berbería y en todas las partes de Africa “donde esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan”. Después marcha a Francia y ”aunque allí nos hacían buen acogimiento quise verlo todo”. Y, con esa inquietud, llega a la que ahora era su lugar de residencia, Alemania, concretamente en Augsburgo, porque “allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia”. Con esta última referencia Cervantes pone el dedo en la llaga de uno de los temas que más polémicas suscitó en su tiempo, pues había un sector moderado que era partidario de dejar esta libertad frente a otro que era enemigo acérrimo de ella. Márquez Villanueva, como ejemplo de la primera actitud se refiere a las deliberaciones valencianas de 1608-1609, en las que el sector moderado se aventuró a proponer si no sería mejor levantar toda coacción religiosa para aclarar el ambiente y establecer la predicación sobre una base más auténtica, es decir, dejar que “el que quisiere oir misa la oiga, el que quisiere confesar, se confiese y el que quisiese baptizar a su hijo lo baptize (...); por este medio se convertirían más y cesarían tantas blasfemias y sacrilegios como se cometen violentándolos a que hagan exteriormente las ceremonias de cristianos”. Pero esta opinión no era la mayoritaria, sino que tenía enfrente a un sector acérrimo enemigo de dar esta libertad de conciencia, pues, según dice el padre Sobrino en los preparativos de esa asamblea valenciana, “los inconvenientes que tenía el dejar a estos en libertad de conciencia se echan de ver de mil leguas”.

Pero Ricote, a pesar de esa libertad de conciencia en la que vive en Alemania, echa de menos España, que es “nuestra patria natural”, y pronuncia una frase que nos predispone positivamente hacia él: “Doquiera que estamos lloramos por España”. A ese fuerte sentido patriótico, se une la paradoja de que llega a justificar la expulsión, “con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro”. Más adelante, en el capítulo 65, en el que aparece su hija Ana Félix, llega a referirse al bando como “heroica resolución del gran Filipo Tercero y inaudita prudencia en haberla encargado al tal Don Bernardino de Velasco”. Este personaje, conde de Salazar, era un enemigo acérrimo de esta raza y que ejecutó la orden del Rey sin contemplaciones.

Ricote ha vuelto a España para recuperar el tesoro que dejó enterrado (algo que fue muy frecuente entre los de su condición), para luego pasar a Argel, donde están su mujer y su hija y llevarlas a Alemania, “donde esperaremos lo que Dios quisiere hacer de nosotros”. Ricote reconoce que su hija y su mujer son católicas cristianas y “aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro y ruego a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo que servir”. Es decir, hace una sincera confesión, se autoexamina y muestra su humildad al reconocer que no es aún un cristiano auténtico, aunque en apariencia practicara nuestros ritos y pone su conversión definitiva en manos de Dios, pidiéndole que le abra el entendimiento, es decir, quiere llegar a Dios por medio de la inteligencia no por medio de la fe.

Sancho se compadece de la situación de la familia Ricote, expulsada de su tierra y dispersa por el mundo, pero no acepta el ofrecimiento de Ricote de irse con él a recuperar el tesoro, aunque le ofrece doscientos escudos. Sin embargo, le asegura que no va a delatarlo. Se mueve otra vez Sancho en otra ambivalencia, en este caso, dejarse llevar por la ambición material de conseguir un dinero que sin duda no iba a conseguir con su amo, y la lealtad al rey. Elige este segundo camino, pero al mismo tiempo, quiere ser también leal a Ricote y le promete no delatarlo.

Sancho le relata cómo fue la salida de su mujer y su hija, que era “la más bella criatura del mundo”. Ese momento fue tan doloroso para todos los del pueblo que hasta él lloró “que no suelo ser muy llorón”. Incluso se apunta que muchos hubieran querido esconderlas pero “el mandado del Rey los detuvo”. Es decir, que estas gentes eran queridas y apreciadas por el resto del pueblo, pero Sancho y sus paisanos tenían que elegir entre el cariño hacia estos moriscos y el miedo al Rey. Es una situación parecida a la del pueblo burgalés ante el destierro del Cid, según nos relata el Cantar medieval.

Así termina el encuentro aunque Cervantes quiere volver sobre el tema y en el capítulo 63, ya en Barcelona, última etapa en las aventuras de Don Quijote antes de volver derrotado a su pueblo, aparece la hija de Ricote en una galera turca disfrazada de hombre.

La historia de la hija es tan apasionante como la del padre y llega tanto al corazón de los que la oyen que cambian su decisión de condenarla a muerte por un cariño que les lleva a darle todo tipo de protección. Ella reconoce que ha sido engendrada de padres moriscos, que fue llevada a Berbería, aunque es en realidad cristiana “y no de las fingidas y aparentes sino de las verdaderas y católicas”, pues “mamé la fe católica en la leche, criéme con buenas costumbres; ni en la lengua ni en ellas jamás, a mi parecer, di señales de ser morisca”. Relata después sus amores con su vecino cristiano Gregorio, que la acompañó en su destierro, pero que ha quedado en Argel, donde ha tenido que vivir disfrazado de mujer (no hay que olvidar el juego de disfraces: Ricote, de peregrino; Ana Félix, de hombre; Gregorio de mujer). Cuando termina su emotiva historia, pide a los que la tienen prisionera que la dejen morir como cristiana, pues “en ninguna cosa he sido culpante de la culpa en que los de mi nación han caído”. Es decir, como hace su padre, no exculpa a todos los moriscos sino que reconoce que han merecido el castigo, aunque ella no porque es sincera cristiana.

El reconocimiento del padre de su hija es tremendamente emotivo. Nos cuenta el narrador que Ricote “se arrojó a sus pies, y abrazado dellos con interrumpidas palabras de mil sollozos y suspiros, le dijo:
- ¡Oh, Ana Félix, desdichada hija mía! Yo soy tu padre Ricote, que volvía a buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma. “

Ricote, que había venido a desenterrar su tesoro escondido, cuando encuentra a su hija, reconoce que ha hallado “el tesoro que más me enriquece” y vuelve a apelar a la justicia de los presentes para dejar claro que no tiene nada que ver con las malas acciones de los de su raza, “que justamente han sido desterrados”. Nueva justificación de la expulsión, pero quedándose él fuera de la culpa de los del resto de moriscos.

Ya en el capítulo 65 acaba la rocambolesca historia de Ana Félix, pues al ser rescatado Gregorio, se juntan los dos enamorados, quedando admirados todos por la belleza de ambos.

Ricote tiene una última intervención y, ante la promesa de Don Antonio Moreno y el visorrey de Barcelona de negociar en la corte el que se quedaran en España, dice que no hay que esperar favores y acaba alabando nada menos la dureza del conde de Salazar, que había sido el encargado de la expulsión y que tenía fama de no tener clemencia con nadie, y llega a decir ha sido una buena medida la del destierro para que “ninguno de los nuestros venga después a brotar y echar frutos venenosos en España, ya limpia , ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía”. Una nueva justificación de la expulsión en boca de un expulsado.

A todos los presentes les llegó muy dentro el dolor de esta familia hasta el punto que Antonio Moreno y el visorrey se ofrecieron para hacer las gestiones encaminadas a que se pudiesen quedar ya aquí, y Ana Félix se queda con la mujer de don Antonio y Ricote en casa del visorrey, en Barcelona. Se deja, por tanto, abierta la posibilidad de que vuelvan a poder vivir tranquilamente en España. No hay que perder de vista la realidad histórica de que muchos de los moriscos expulsados fueron regresando poco a poco a sus lugares de origen y pudieron reconstruir sus vidas.

Hay muchos otros detalles que no tenemos espacio para comentar, pero lo que sí parece claro es que Cervantes no parece muy partidario de esta expulsión general, y su postura se nos muestra más bien ambivalente. El autor de Alcalá, que había sufrido en sus carnes el encontrarse cautivo en otra tierra, comprendería el dolor de estas gentes que debieron abandonar la suya, pero no se atrevía a declarar de manera rotunda su oposición a la drástica medida. Es por ello por lo que en su obra nos da una de cal y otra de arena. La ternura y humanidad de la familia Ricote, su amor por España, sus referencias a Dios y a la fe católica la justificación del Rey y de su medida y el final que deja abierto a la posibilidad de que merezcan la clemencia del poder, nos inducen a esta opinión. Cervantes, y todo son suposiciones, sería partidario de un destierro pero no tan drástico, sería más bien proclive a intentar una asimilación progresiva de estos moriscos.

Esta ambivalencia consciente por parte de Cervantes es una posibilidad de interpretar esos diferentes puntos de vista que nos deja traslucir en sus diferentes obras. Pero hay otra posibilidad también de interpretación basada en datos bastante fehacientes sobre la diversidad de los moriscos peninsulares. Y es que no hay que olvidar que el morisco de El coloquio de los perros, del cual despotrica el perro Berganza, era granadino; los que aparecen en Los trabajos de Persiles y Sigismunda, tan falsos como denostados, son valencianos, mientras que el morisco Ricote y su familia eran castellanos. Y los mejores estudiosos del tema morisco distinguen entre la capacidad de asimilación mucho mayor de los moriscos castellanos, frente al carácter más irreductible de los que vivían en Granada o Valencia. Cervantes, que conoce bien la geografía española, que ha ido de un lado para otro en un intento de procurarse un presente y un futuro más o menos próspero, habría captado esta diversidad y así lo reflejaría en sus diferentes obras.

De cualquier manera, no debemos olvidar, como hemos apuntado más arriba, que estamos hablando de una obra de ficción y siempre es arriesgado (e incluso hasta algo inútil) intentar sacar conclusiones “científicas” sobre la base de una mentira, que eso es la literatura al fin y al cabo. Lo que deberíamos hacer con la literatura, más que interpretarla, escudriñarla, razonarla.... es saborearla y disfrutarla, como lo hacía Don Quijote en un lugar de la Mancha con los libros de caballería.
JOSE S. CARRASCO MOLINA



BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

LISON HERNANDEZ, Luis (1992). Mito y realidad de la expulsión de los mudéjares murcianos del Valle de Ricote. Revista Áreas nº 14

MOLINA TEMPLADO, José David (2001). 1613: controversia e ineficacia de la expulsión mudéjar. Centro de Estudios Abaraneros.

MÁRQUEZ VILLANUEVA, Francisco (1975). Personajes y temas del Quijote. Edit. Taurus

QUERILLACQ, René (1992). Los moriscos de Cervantes

CHACON JIMENEZ, Francisco. (1982). El problema de la convivencia. Granadinos, mudéjares y cristianos viejos en el reino de Murcia. 1609-1614. Mélanges de la Casa de Velázquez. Tomo XVIII.

WESTERWELD, Govert (2002). Blanca. El “Ricote” de Don Quijote. Expulsión y regreso de los moriscos del enclave islámico más grande de España. Años 1613- 1654.

VIDAL, César (2005) . ¿Qué hay de histórico en el Quijote?. Libertad Digital Suplementos (internet)

TERCERO MORENO , Antonio (2005). Reflexiones en torno al capítulo LXIII de la Segunda Parte del Quijote. http://www.dhistoria.com/

RIOS CAMACHO, José Carlos ( 2003). El tema del trasfondo islámico en el Quijote: cautivo cristiano y exiliado morisco. En webislam

1 comentario:

Anónimo dijo...

PROPUESTA: PREMIO CONCORDIA. PRÍNCIPE DE ASTURIAS. 2013

RICOTE 2013 MORISCOS VALLE DE RICOTE, FUERON LOS ÚLTIMOS EXPULSOS DE ESPAÑA POR DECRETO REAL 19-X-1613 POR EL REY FELIPE III, PERDONADOS POR EL MONARCA FELIPE IV. REGRESARON MÁS DEL 45% SEGÚN ESTUDIO DR. GOVERT WESTERVELD.

PROPUESTA A LA FUNDACIÓN PRÍNCIPE DE ASTURIAS, QUE REINARÁ ALGÚN DÍA COMO REY FELIPE VI.

Propone la idea o proyecto

Juan Romero Diaz

Colaborador en Investigaciones Históricas Valle de Ricote (Murcia) España

En Murcia, a 6 de mayo de 2012

P.D. Se ruega hagan seguir al Sr. Alcalde del Ayuntamiento de Ricote. Gracias